Pedro Mairal
Los medios anuncian que se abrió en el microcentro porteño un lugar para ir al mediodía a dormir la siesta, llamado siestario. El término me sonó a Bestiario, el libro de Cortázar, donde el aluvión zoológico, mutado en distintos peligros invisibles, acecha a los personajes. Podría escribirse un Siestario con las pesadillas diurnas de las diferentes siestas de unas ocho personas en esos nuevos cubículos del centro. Hay que pagar de ciento cincuenta pesos para arriba para dormir la siesta en Capital. El servicio ofrece una especie de coach de siesta que te ayuda a conciliar el sueño. No se me ocurre una idea que provoque mas insomnio que esa. En la provincia todavía la siesta es sagrada, la siesta de persianas bajas, la siesta de pijama y padrenuestro. Esa hora en la que todo se entrega a la pesadez y se deja caer, el perro en las baldosas frescas del patio, los dueños de casa en su cama, o en la cama de los otros (una vez vi una leyenda de camión que decía “En la cama de los vivos, este gil duerme la siesta”). En el interior del país, querer ir contra ese reloj biológico puede ser desesperante. Mejor dejar de existir de 2 a 4 y en verano hasta las 5, casi 6 de la tarde. Mejor no intentar trabajar, ni hablar con alguien, ni encontrar al médico, al albañil, al ferretero. Es una noche blanca esa hora y debe ser respetada. Hay que entregarse al abombamiento del canto de las cigarras cayendo a pique, al zumbido de la siesta, las vuvuzelas de Dios burlándose del despierto, el vertical, embarullándolo hasta hacerlo caer. Si fuera más barato, menos new age, tendría éxito el siestario porteño. En Buenos Aires ya la gente no duerme la siesta, apenas hace la digestión navegando en internet en la PC de la oficina. Los picos de visitas en los diarios online son a esa hora. A lo sumo, si el oficinista siente que se desnuca de sueño, va al baño y sentado sobre la tapa del inodoro descabeza un mini desmayo desesperado. Podría ser peor: en el hacinamiento de la Revolución Industrial en Inglaterra, los obreros dormían apenas unas horas a la noche, parados, con el cuerpo apoyado por las axilas en una larga soga.