por Gonzalo Garcés

Martín Fierro sufre porque lo reclutan
en el ejército y lo separan de su familia. Juan Salvo sufre porque
lo reclutan en el ejército y lo separan de su familia. Ramón Paz,
el protagonista de El gran surubí, la novela de Pedro Mairal, debe
ser el primer recluta en la literatura argentina que no extraña a su
familia. Al revés: cuando los militares lo reclutan para trabajar en
un barco pesquero, Paz piensa que la cosa tiene al menos una ventaja.
Les anuncian que en el barco habrá sólo hombres. Paz (quizá sea el
momento de advertir que El gran surubí está escrito en sonetos)
piensa: “Están quedando atrás tus padeceres / estás entrando a
un mundo sin mujeres”. Paz está en trance de divorciarse. Y “la
monstrua quería sangre quería plata”. Piensa en matarse. Cuando
lo reclutan a la fuerza, Paz vive un tiempo en el barco, donde todos
padecen hambre y frío, fornican entre ellos y tratan de atrapar a un
surubí gigante. Al final, aferrado al surubí, Paz logra fugarse.
Termina por encontrar, como soñaba al principio, la muerte entre los
sauces. Todo pasa como en esas pesadillas donde, junto con el miedo,
hay otra emoción, algo triunfal, como si esas cosas terribles que
pasan hubieran estado anunciadas, y esa sensación de haber estado
antes ahí, ese destino previsto que se cumple, por algún motivo nos
revindicara. Me parece que en esto hay un truco de magia que fue
ejecutado unas pocas veces por artistas ilustres y que Mairal, como
buen mago, presenta de una manera tan personal que parece haberlo
inventado. El truco consiste en un juego con lo pequeño y con lo
grande. Con lo íntimo y con lo público. Con lo cotidiano y con la
alucinación. Borges, en “El Aleph”, cuenta cómo encontró, en
el sótano de la casa donde vivió una tilinga que nunca le hizo
caso, un punto en el que están concentradas todas las cosas del
universo, vistas desde todos los ángulos. Ve un astrolabio persa, ve
todos los espejos de la tierra y ninguno lo refleja, ve la reliquia
deliciosa de lo que atrozmente había sido Beatriz Viterbo (o era al
revés, no me acuerdo), ve muchas cositas adentro de otras cosas que
son simultáneas o incesantes (y abre a veces un paréntesis como
éste para variar el ritmo), ve adentro del Aleph a otro Aleph. Y
entonces siente algo curioso: siente “infinita veneración,
infinita lástima”. ¿Por qué veneración y lástima? Volvemos al
comienzo: ahí Borges mira fotos de Beatriz. Beatriz de perfil. De
frente. Es un inconsolable que busca todas las imágenes de su
tilinga, vista desde todos los ángulos. Ahí está el primer Aleph,
el Aleph íntimo. Es la trampa que tiende el cuento: nos quedamos con
esa emoción y cuando más tarde llega el Aleph alucinatorio, le
seguimos prestando la veneración y la lástima, aunque no nos demos
cuenta del porqué. Así procede Mairal. El viaje de Paz es su Aleph.
Puede ser que cada duelo contenga el germen de una revelación.
Estamos en la lona y algo nos dice que en el centro de ese dolor hay
un estado superior de la conciencia, un viaje hacia una verdad que no
es accesible para los sanos. Paz está destrozado por el divorcio y
se entretiene con un juego de varones solos. Podríamos proponer una
lectura en la que la parte “real” de la novela termina ahí: lo
que sigue, la vida entre hombres en el barco, el sexo entre
compañeros, el largo viaje hasta el centro de sus deseos, es la
amplificación, la alucinación, el Aleph. Pero pasa algo más. Y acá
el otro mago que asoma en el horizonte es Arlt.
Empezamos por alucinar
lo que nuestro dolor necesitaba para aliviarse, pero la alucinación
no se limita a cumplir nuestros deseos; se desboca y trae elementos
extraños. Trae profecías sobre el país y los tiempos que vienen.
En Los siete locos, Erdosain es un humillado. Su mujer lo dejó por
otro. Alucina un encuentro con un hombre sin testículos, como él,
pero que es una versión mejorada: carismático, maquiavélico, con
planes para la humanidad. Su alucinación abre un espacio de
posibilidad y en ese espacio se cuela el fascismo. También El gran
surubí abre un espacio que la política viene a llenar: en la
alucinación de Paz cabe un país acosado por la escasez, por la
incompetencia, por el autoritarismo. Un país que puede parecerse, o
no, a la Argentina actual. No sé cómo se leerá El gran surubí
dentro de veinte años, pero es probable que cause bastante lástima
y una cuota considerable de veneración.
Revista Ñ, 19 de julio de 2013